La intervención de la OTAN en el país se remonta al 2001 y la situación no solo no ha conseguido estabilizarse sino que se afirma que el pasado mes de junio ha sido el más sangriento y caótico para las fuerzas extranjeras. Mientras el poder de los talibanes desde las provincias del sur se fortalece, Obama declara que en el plazo de un año comenzará la retirada de sus tropas. Por su parte, el presidente afgano Hamid Karzai se muestra incapaz de llevara a cabo un plan de reconciliación que acabase con la pesadilla que sufre su pueblo, si no colabora en su mantenimiento. El paso de Malalai Joya en el escenario político afgano fue fugaz, ya tras sus fuertes críticas al parlamento, los gobernantes corruptos vieron peligrar su "estado de bienestar particular" manejado por hombres que no toleran la integración real de la mujer en ningún campo influyente de actividad social. Todo ello tras la firma en el el año 2004 de una constitución que, en teoría, garantizaba la igualdad entre hombres y mujeres ante la ley, y que solo sirve de escaparate para atraer la ayuda internacional (comúnmente malversada), ya que el país se rige en la práctica por la sharia.
Su voz ha podido oirse ya en mucho auditorios internacionales, donde denuncia al mundo la vulneración sistemática de los derechos humanos en Afganistan y la opresión que sufren las mujeres. Explica que la ocupación militar no construye ni defiende, sino todo lo contrario, contribuyendo a difundir las mentiras oficiales sobre la seguridad en el país, ya que EEUU solo tiene un interés estratégico en la región.
Dice Malalai: "Para ayudar realmente a las mujeres afganas, la ciudadanía de EEUU y otros lugares, tiene que exigir a sus gobiernos que dejen de apoyar y encubrir a un régimen de caudillos y extremistas. Si estas alimañas fueran entregadas a la justicia, las mujeres y los hombres de Afganistán demostrariamos que somos muy capaces de prestarnos ayudas sin injerencias".
Esta mujer afgana ha escrito un libro, con sus experiencias vividas en su corta edad, para informar al mundo de que hay muchos que pretenden su silencio, pero que la libertad y la paz de un pueblo no es algo negociable en su conciencia. Malalai no teme a la muerte, pero si al silencio... como lo demuestra a través de cada una de sus conferencias donde divulga con tristeza y valentía la situación caótica y bárbara que su país atraviesa.
En su página oficial, http://www.malalaijoya.com/index1024.htm se pueden leer algunas de ellas para tratar de empatizar un poco con su búsqueda de la verdad, que aunque ciertamente peligrosa, no le hace flojear sino llenarse de más coraje..... increíble persona que nos ha de hacer reflexionar sin duda.







La catástrofe de Puerto Príncipe queda lejos de nuestros hogares, pero las cámaras nos acercan la más triste y dura realidad, dejándonos destrozado el corazón, helado, mudo, con el aliento justo para pedir a Dios por todos ellos, y rogar como testigos del dolor y el sufrimiento de tantos seres, que la asistencia internacional no tarde más de lo imprescindible.
Fue por la erupción de un volcán, en Colombia, en una zona de Bogotá, en el pueblo de Armero. Ocurrió en el mes de noviembre de 1985. Una niña de 13 años, llamada Omayra Sánchez, permanecía atrapada dentro de un gran charco, entre barro y escombros. Recuerdo la impotencia que sentí cuando escuché en los informativos que se había descartado intentar sacarla de allí, porque su rescate suponía su muerte.
Los científicos habían avisado del peligro del volcán asesino, pero no se prepararon planes de evacuación necesarios ni se hizo ningún caso por parte del gobierno...
Con su pequeño cuerpo aprisionado hasta la cintura, la recuerdo agarrada a un tronco, mirando hacía arriba desde donde una cámara de televisión filmaba su tragedia.
Su vida y su muerte se daban la mano, y ella lo sabía. Solo 13 años y Omayra tuvo que aprender a morir. No podré olvidar nunca los ojos de ese pequeño ángel, y seguramente quedaran para siempre en la memoria de mucha gente. Miraban al mundo, perdidos, con la esperanza vencida, con la pregunta helada que no sabía responder, con el corazón abierto descubriendo que ya no quedaba más fortuna que morir.
Y, cargada de dolor, agotada de resistir, no solo su mirada atravesaba el cristal de nuestros televisores, sino su asombrosa resignación, su falta de llanto, su entereza en aquellos momentos transmitía toda la sabiduría humana, azotando nuestros sentidos, para ofrecernos una dura lección de dignidad.
Hoy vuelvo a recordarla viendo las imágenes del pueblo de Haiti destruido, porque el martes pasado Haití se llenó de Omayras. No tenían salvación, ni ayuda, ni medicinas, ni agua, ni comida, ni mantas, ni vendas, ni médicos. Mientras morían, esperaban vivir, esperaban soportando la soledad que sabían tardaría en desvanecerse. Un pueblo que sobrevivía al infortunio de sus dirigentes, a la humilde miseria que hasta consentía sonreir y bailar. Sin embargo, ya hemos podido ver cientos de miradas como la de Omayra, en su fortaleza, en su valentía, aunque esta vez, gracias a Dios, con la gran esperanza de la ayuda exterior.
Por ello, quiero lanzar estas palabras, porque necesito decir cuan pequeños son nuestros problemas, y que injusta nuestra avaricia. Porque necesito pedir austeridad en las necesidades y reparto equitativo con lo que nos sobra. Porque necesito recordar que antes del desastre, había y después seguirá habiendo miles de personas que viven llenos de miseria, cerca de la muerte, quizás más lenta pero igual de segura. Porque estoy viendo en mi pantalla a personas generosas que han volado hacia Puerto Príncipe, ofreciendo su tiempo y su esfuerzo, y apenas han llegado ya empiezan a salvar vidas. Porque quiero dar las gracias, a profesionales y voluntarios, por percibir la necesidad urgente de este pueblo y reaccionar con todo el coraje y la rapidez necesarias para enfrentarse a esta inesperada desgracia.
Como nunca podré olvidar los ojos de Omayra, no quiero olvidar nunca la cara de Reggie, el niño haitiano de apenas dos años, salvado entre los escombros después de dos días, y cuyos bracitos se sujetan fuerte a un joven bombero que le devuelve a sus padres, mostrándonos como ante la desolación, siempre debemos guardar un ultimo esfuerzo para la esperanza.







